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Para
mi septiembre tiene un olor especial. Bueno, todos los meses huelen
a algo: Enero huele a plástico y a pelo de muñeca. Y abril
huele a tierra mojada y a hierba recién cortada. Tambien huele
a tarta de cumpleaños, porque yo nací en abril.
Junio huele a mar. Ahora vivo lejos de él y me huele a recuerdo
y a nostalgia. Claro que también me huele a la ropa que se ha
pasado todo el invierno en el armario. Creo que la nostalgia y la naftalina
huelen igual.
Agosto huele a aburrimiento. Es un mes que odio. Y septiembre huele
a libros nuevos y a papel de forro. A curso por empezar y a vida que
se pone en marcha. Todavía hoy siento esa sensación cuando
empieza
septiembre. Me lleno de energía y quiero hacer montones de cosas.
Mis mejores propósitos me los hago en septiembre y no en Año
Nuevo, como hace la mayoría de la gente.
Es por esto que me gusta tanto el olor a libro recién abierto.
Me recuerda a cuando los forraba y estaba deseando que empezaran las
clases para estrenarlos. En Marzo mi cartera ya no olía tan bién.
Olía a pedacitos de goma, a virutas de lápiz y a suspensos.
Cuando dibujo libros de texto, los libros con los que muchos de vosotros
teneis que estudiar, algunos aprender a leer y algunos aprender a sumar,
pienso en que tienen que ser muy divertidos para que os apetezca hacer
vuestras tareas.
A veces lo consigo y otras no.
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